La primera noche la pasamos en Mission Beach. Encontramos un camping que incumple un poco la ley de costas y te dejan dormir casi en la arena de la playa, así que nos despertamos con unas vistas de revista de viajes. La parte mala es que no nos podemos bañar porque hay medusas.
Y aquí fue el punto de no retorno en que decidimos que nos íbamos para el outback.
El outback es la manera guay de llamarle al desierto, a vivir la experiencia de adentrarse en él.
Si preguntas a los australianos te dirán que no vayas, que allí no hay nada. Pero había que experimentarlo, combrobar por nosotros mismos que los australianos tenían razón, así que para allá que nos fuimos.
Segun vamos hacia el interior, poco a poco va desapareciendo la vegetación y da paso a tierras rojizas con las típicas bolas de paja seca cruzando, lo más parecido al Far West.
Por la noche el cielo tiene su encanto porque se ve totalmente estrellado. Dicen que en ningún lugar del mundo se ven tantas estrellas como en el desierto de Australia y quizás sea cierto.
Empezamos a hacer kilómetros y kilómetros porque cada pueblo está a 150 kilómetros del siguiente, y a veces cuando llegas te encuentras con que no son más que cuatro casas y una gasolinera. Asi que con la esperanza de que en el siguiente ibamos a encontrar algo que mereciera la pena, para cuando nos dimos cuenta estábamos en Mont Isa, a 1.500 kilómetros de la costa.
La primera noche en el outback dormimos en el parking de un bar que te deja aparcar si te tomas algo dentro. El garito es un auténtico museo por dentro y por fuera. Nosotros cenamos allí con los paisanos que parecían sacados de una peli de vaqueros, sólo que éstos se habían bebido hasta el agua de los floreros. Estaban descontrolados, subiéndose encima de la barra, venían a hablarnos, el mismo tipo nos tiró una pelota a la cabeza y luego, se ve que se sintió mal, nos invitó a un cubata. Vamos, el salvaje oeste era aquello.
El parking del bar
La ducha del parking...para ser gratis no está mal
Pablo se hizo un amigo, Buffy, que vivía en la finca de al lado.
Al día siguiente era el Anzac Day, festividad en toda Australia como homenaje a los caidos en una guerra librada hace 100 años, y les vimos en plena ceremonia, solo que aquí van a caballo.
El colega que nos mira fue el artista que nos invitó a cubatas y debia de llevar un resacón del quince
Los niños del pueblo
De aquí nos fuimos yendo hasta el pueblo dónde rodaron Cocodrilo Dundee (freakadas de Pablo) y para eso nos faltaba el sombrero adecuado...
Y llegamos al motel donde se grabó. Mantiene dentro un escenario de la peli que era la oficina de Cocodrilo Dundee y un bar con fotos del rodaje.
El camión de Cocodrilo Dundee
Como tenían parches de varias policías grapados en la pared, Pablo les colocó el de la Udaltzaingoa de Vitoria. Aúpa ahí!
Algo característico del outback son los termiteros, vimos miles junto a la carretera. Si a esto le sumas aburrimiento, el resultado es este:
Y por fin llegamos a Mont Isa, la ciudad que está lejos de todo y la más habitada en mil kilómetros a la redonda porque tiene unas minas. Nos hemos enterado en Australia de que el sector que genera más riqueza del país es precisamente el de la minería y los sueldos que cobran deben ser astronómicos.
Aquí nos dimos cuenta de que el outback se nos había ido de las manos y que teníamos que escapar urgentemente de allí porque se nos acababan los días en Australia y todavía no habíamos visto surferos.
Así que nos liamos la manta a la cabeza y nos hicimos 1.300 kilómetros del tirón. No paramos más que a repostar y sincronizándolo con ir al baño. Y no exagero que no paramos ni a comer, que Pablo se curró una ensalada en la parte trasera de la furgo mientras yo conducía.
Tuvimos que abortar la idea de llegar a la costa porque a eso de las 11 de la noche a Pablo le dio por mirar la previsión del tiempo y vio que se acercaba un temporal de lluvia para los siguientes días que pintaba bastante mal. Cambio de planes, nos quedamos en el interior a esperar a que pase.
Y como colofón final de este día horroroso dormimos literalmente debajo de un puente.


























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